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30 Marzo 2011

PERONISMO Y CENSURA

 

 (Adelanto del libro de Juan Carlos Jara "Voz de alondra. Una biografía de Nelly Omar", a ser publicado este año por la editorial del Instituto Superior Dr. Arturo Jauretche, de Merlo, en su colección "Nomeolvides").  

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Hasta esos días iniciales de la década del ‘50 la entusiasta adhesión de Nelly al gobierno peronista se había traducido básicamente en ofrecer su tributo artístico a cuanta jornada de celebración oficial tuviera lugar.  

En muchas ocasiones ella misma ha contado que esa labor de simpatizante desinteresada no le valió ningún tipo de prebenda o, simplemente, de remuneración por su trabajo. Como Martín Fierro, también Nelly podía haber cantado: "dentro en todos los barullos / pero en las listas (de cobro) no dentro".

A título de ejemplo verificamos su presencia en la celebración del "Día de la Lealtad" de 1949,  actuando junto a Charlo y Mercedes Simone, en una emisión radial organizada por la subsecretaría de Informaciones que se transmitió en dúplex a todo el país por las radios El Mundo y del Estado (hoy Nacional). En esa ocasión la acompañaron las guitarras de Grela, Zaldívar y Márquez. Al año siguiente, el 4 de junio participa de un programa similar por radio del Estado, junto a Charlo, Agustín Irusta y Sabina Olmos.

No obstante su vieja amistad con Eva Perón, ésta no fue aprovechada por Nelly para ascender con ayuda oficial algún escalón más en su carrera artística. Sólo una vez, y no porque Nelly se lo pidiera, Evita intercedió para que se le ofreciera un contrato en radio Splendid.  "Ella no entendía cómo los compañeros no me concedían un espacio". Es que Evita admiraba verdaderamente su estilo de canto "y mucho más que cantara las cosas nuestras".  Retribuyendo ese gesto, pero más que nada por su firme convicción interior y como aporte a la campaña por la reelección presidencial de Perón, Nelly estrenará en radio El Mundo y grabará en 1951, con la orquesta de Domingo Marafiotti y el coro de Fanny Day, la marcha de Antonio Helú "Es el pueblo", dedicada a Evita:

 

Es la gente agradecida

En los campos y ciudades

Que hoy recoge las bondades

Que sembró tu abnegación.

 

Es el pueblo que te aclama,

Eva Perón.

Es el pueblo que te ama

de corazón,

 

En la faz opuesta del disco se encuentra una de las milongas que a partir de allí se vincularán más estrechamente al costado político de su personalidad, "La descamisada", del mismo Helú con versos del poeta de Bragado Enrique P. Maroni:

 

Soy la mujer argentina,

la que nunca se doblega

y la que siempre se juega

por Evita y por Perón.

Yo soy la descamisada

a la que al fin se le escucha,

la que trabaja y que lucha

para el bien de la Nación.

 

Como cada vez que el ala de la revolución comienza a agitarse, la exaltación política (hoy se le diría crispación) alcanzaba entonces grados de fervor pocas veces vistos. Pese a que aquélla, registrada bajo el sello R. C. A. Víctor, fue una grabación particular, fuera de comercio, "Es el pueblo" y "La descamisada" -sobre todo esta última- integraron desde entonces el repertorio habitual de Nelly en cada una de sus presentaciones personales.

Eran días de polarización y los artistas populares comenzaban a definirse políticamente. Por esa circunstancia habían decidido emigrar hacia México amigos de Manzi como  Ulyses Petit de Murat y Francisco Petrone y de Nelly como Libertad Lamarque. Por eso, Osvaldo Pugliese debió purgar en Villa Devoto su "culpa" de adherir públicamente al ultra opositor partido comunista. Por eso también, Enrique Santos Discépolo -una de las pocas figuras realmente geniales que diera la cultura argentina del siglo XX- decidió enajenar su tranquilidad personal con el objeto de apoyar el accionar peronista con sus monólogos de "Pienso y digo lo que pienso", difundidos por radio del Estado en 1951.

Cuenta Norberto Galasso en un insoslayable libro sobre el autor de "Cambalache", que  la presión sobre el poeta arreció a medida que la popularidad del programa crecía más y más.

Ya no es solamente el aluvión de cartas. Ahora es el teléfono y la voz anónima que arroja el insulto brutal. Y ese viejo actor de nuestra escena que lo encuentra frente al Politeama hacia el cual avanza Enrique afectuosamente con los brazos abiertos, para recibir un escupitajo y una única frase: "Sos una porquería".

 

Podrían mencionarse también las encomiendas con discos rotos -obviamente de sus tangos-, las murmuraciones injuriosas, los desaires y el vacío propiciado a  sus funciones teatrales: sólo algunas de las continuas expresiones de desprecio y resentimiento con las que el odio de la clase media "contrera" se ensañó sobre Discepolín y las que lo llevaron a la tumba en diciembre de ese mismo año. 

Nelly, amiga de Enrique y testigo de su drama, tal vez no imaginó en aquel momento, que tan exasperada animosidad contra el poeta,  era sólo un esbozo de lo que ella y tantos otros colegas suyos iban a sufrir multiplicado después de la caída de Perón.

Una digresión, que no lo es tanto: en un trabajo de 2005, el periodista Eduardo Rafael, luego de enumerar los casos de voces "acalladas" durante el peronismo como Maria Rosa Gallo, Arturo García Buhr, Delia Garcés, Pepe Arias y  Atahualpa Yupanqui, entre otros, homologa esos casos con los posteriores a 1955: "A la vez, sin saberlo -dice-, los peronistas, con sus participaciones en los masivos festivales oficiales, estaban registrando el ‘delito' que el futuro gobierno militar de facto les cobraría con la misma moneda, la de la prohibición y persecución. En este marco de irracionalidad..., etc. etc."

Coincidimos con Rafael en que resulta tácticamente erróneo y, más que irracional,  políticamente contraproducente, ejercer cualquier tipo de presión sobre las voces opositoras, como lo hizo el primer peronismo a través del subsecretario de Informaciones del Estado Raúl Alejandro Apold. Si bien es cierto que en materia de puja social no cabe exagerar la puntillosidad ni las buenas maneras, pues, como diría la poeta Juana Bignozzi, "esto es una guerra a pesar de las buenas fotos en colores", constituye una política a nuestro juicio desacertada -además de antipática y estéril-, la que se obstina en silenciar u obstaculizar la acción de artistas e intelectuales a los que, en todo caso, se debería atraer al bando de la revolución o en su defecto buscar neutralizarlos poniendo en evidencia las contradicciones y mendacidad de su conducta.

Pero al mismo tiempo nos resistimos a reconocer que se trate de "la misma moneda" aquella con la que paga un gobierno constitucional, jaqueado desde distintos ámbitos -incluso el internacional- para hacerlo desistir de su política soberana, y la de un poder reaccionario y brutal que utiliza las armas de la nación para reprimir a sangre y fuego a su propio pueblo indefenso.

Los fusilamientos del ‘56 no se pueden equiparar a las humillaciones de Jorge Luis Borges o la (auto) proscripción de Petit de Murat (firmantes ambos, dicho sea de paso, de la declaración enviada a las Naciones Unidas pidiendo la intervención armada extranjera, en enero de 1946). Pero tampoco son homologables desde el punto de vista estrictamente político, no abstracto, esas prisiones y exilios con la brutal censura sufrida por Nelly Omar, Hugo del Carril, Leopoldo Marechal, Fanny Navarro o Mary Terán de Weiss, por citar unos pocos casos notorios, porque la Revolución Libertadora se consumó con el objetivo -demostrado por cualquier análisis histórico serio- de favorecer a los grupos más retrógrados y minoritarios de la Argentina y porque el espíritu revanchista de la oligarquía fue nervio motor de esa interdicción. Hernández Arregui lo ha dicho con suma claridad  y poder de síntesis: "No es lo mismo la prisión de Victoria Ocampo que la de un obrero. Unos defienden sus rentas. Otros el derecho a la vida".

Sin perjuicio de volver al tema más adelante, concluiremos destacando dos hechos importantes: primero, que el segmento más numeroso de los artistas e intelectuales enfrentados al peronismo formaban parte de lo que hoy llamamos la "progresía", es decir sectores de izquierda y centro izquierda abstracta, en muchos casos partidarios de Stalin (con su invisibilizada carga de gulag y masacres diversas), que con su hostilidad al gobierno terminaban siendo funcionales a los designios de la derecha más recalcitrante. Segundo, que el caso de Discépolo, así como el de Manzi y tantos otros, demuestra que el "poder de fuego" de esa derecha era, en pleno apogeo peronista, enormemente poderoso aún y que el aparato cultural oligárquico - "la máquina generadora de prestigio", al decir de Jauretche, y generadora también de sentido común conservador- estaba lejos de haber sido desmantelada por el supuesto poder omnímodo del "tiránico régimen". Cualquier semejanza con realidades más actuales no es pura coincidencia.

 

 

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Sobre mí

Nací en Avellaneda, me crié en San Francisco Solano y estoy radicado en La Plata desde 1982. Soy profesor de Historia, recibido en la UNLP, y me he desempeñado conduciendo programas de Tango, otra de mis pasiones, en radio Provincia de Buenos Aires (AM 1270), emisora pública del primer estado argentino, en cuya discoteca cumplo funciones desde hace más de tres lustros. He publicado “Rivadavia, las provincias y la burguesía comercial porteña” (1999), en colaboración con Norberto Galasso, y participé, con una decena de biografías, del volumen conjunto “Los Malditos” (editorial Madres de Plaza de Mayo, 2005). En 2006 obtuvo el primer premio en el concurso organizado por el SIESE de Córdoba, con la monografía “Manuel Ugarte, precursor del nacionalismo popular”. También cultivo la poesía de temática popular y lenguaje coloquial urbano. En este carácter he logrado en el año 2000 el primer premio del concurso organizado por el Círculo de Poetas Lunfardos de la ciudad de Buenos Aires, dependiente de la Academia Porteña del Lunfardo. Tengo en preparación una “Historia social del tango” y una biografía del poeta y músico Cátulo Castillo.

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